Dos poemas de Antonio Cisneros


“KARL MARX, DIED 1883 AGED 65”

Todavía estoy a tiempo de recordar la casa de mi tía abuela y ese
par de grabados:
“Un caballero en la casa del sastre”, “Gran desfile militar en Viena, 1902”
Días en que ya nada malo podía ocurrir. Todos llevaban su pata
de conejo atada a la cintura.
También mi tía abuela –20 años y el sombrero de paja bajo el
sol, preocupándose apenas
por mantener la boca, las piernas bien cerradas.
Eran los hombres de buena voluntad y las orejas limpias.
Sólo en el music-hall los anarquistas, locos barbados y envueltos
en bufandas.
Qué otoños, qué veranos.
Eiffel hizo una torre que decía «hasta aquí llegó el hombre». Otro
grabado:
«Virtud y amor y celo protegiendo a las buenas familias».
Y eso que el viejo Marx aún no cumplía los 20 años de edad bajo
esta yerba
–gorda y erizada, conveniente a los campos de golf.
Las coronas de flores y el cajón tuvieron tres descansos al pie de
la colina
y después fue enterrado
junto a la tumba de Molly Redgrove «bombardeada por el enemigo
en 1940 y vuelta a construir».
Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales
mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel a las islas de Times
y su mujer hervía las cebollas y la cosa no iba y después sí y entonces
vino lo de Plaza Vendóme yeso de Lenin y el montón de revueltas
y entonces
las damas temieron algo más que una mano en las nalgas y los
caballeros pudieron sospechar
que la locomotora a vapor ya no era más el rostro de la felicidad
universal.
“Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas”.


KENSINGTON, PRIMERA CRÓNICA

Yo caminé por estas mismas calles con la comodidad de un buey,
ufano
corno el más alto de los olmos, y los dioses
eran conmigo, alegre peatón
sobre los cráneos de los ingleses muertos en la guerra, mesador de
las barbas,
y brillaba
corno un árbol de moras en medio del verano, Cristo sobre las
aguas, glorioso,
cerdo feliz.

y fue el tiempo de tratados y de alianzas con los jefes de las tribus:
Hombres de Australia, hombres del Canadá, hombres de Irlanda,
todos los bárbaros
metiendo lagartijas en el culo de la Reina, jubilosos
y sin remordimiento.
Dulce Morgan,
viajero entre las ramas y los campos del aire,
lejos de los tejados que guarecen a los adoradores del Tío Coronel
en la Malasia,
de Betty Boop, de la Consola del Siglo XIX, y lejos de las camas
donde las muchachas guerrean con los reyes normandos, de los
baños
donde los muchachos se drogan a la sombra de su viejo prestigio:
Dios salve al Rey.


(Canto ceremonial contra un oso hormiguero. 1968).

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