Dos poemas de Jörgen Nash





SAL, VINO Y ACEITUNAS

a la memoria de Paul Le Cour

En la fría y transparente cosecha de septiembre
bajo el fuego olímpico de la luna llena
cayó el oscuro rocío de la muerte
silencioso y pesado sobre la flor de tu vida.

Ofrecida la sal, el vino y las aceitunas
en el último viaje de los griegos difuntos.

¡Te saludamos!, desaparecido heleno
con las verdes aceitunas de la palabra,
el mágico vino del verso,
la sal pura de la pena.

Aceitunas, porque la bíblica fertilidad del árbol de olivo
era tu sueño suave sobre el arabesco bien lanzado del poema.

Vino, por las flamencas uvas, sangre de las Galias, burbujas
que estallan en imágenes, semillas del sol de tu mente,

Sal, porque buscabas los copos blancos de nieve del océano
y los hallaste en la profundidad de las aguas vivas.


LA VIBRACIÓN DEL DRAGÓN CELESTE

Vibran tímpanos—
tañidos por violetas azules.
¿Escuchaste escopetas en la noche,
perteneces a los parias nocturnos?
Las piedras rotas lloran un tornado de lágrimas de sal
    y pimienta
porque el mensajero tiene sudor de cadáver.

Que el pasado te oriente en la vida,
si te detienes mueres.
Ninguna gracia crece o florea
en la arena sangrienta del martirio.
Mira por última vez al cerdo solar en el cenit.

Sonidos del tímpano—
todos los crucificados de la tierra reverdecen
en la fronda, en tierra de nadie.
Presagian maldad —acuérdate de todos, no los toques
Como palabras descuidadas
por mórbidos labios.
Deja que los muertos entierren a sus muertos.

Una paz, tan suave y silenciosa,
la buena siembra inicial,
como cuando la palabra era el hombre
y el núcleo de la palabra, el hecho.
No la fuerza deificada del acero, la metralla

que calienta el cañón y enfría la vida,
no la pálida premeditación del pacto, brote
y presagio de antiguos actos bestiales:
          ¡La muerte carga con todos!

¡Oh! eso no, eso no, nada de eso—
más puro, como la canción de la alondra,
cordial como el corazón de la paloma,
transparente como aguas divinas de las lluvias
y el calor y el germen de la hierba unidos
y la marea titilante de un mar de estrellas
azul celeste en el curvo arco del firmamento eterno—
tal es el camino de la verdad
la palabra de la vida y el sol de la humanidad.

Sonidos del tímpano—
Desplazados en la noche,
brotes en la corola de pétalos de la vida
nosotros, despojos transfigurados de la tierra,
nosotros, que alcanzamos la fiesta de la primavera
y quienes nos quedamos a la cosecha de los granos.
Gritamos al espacio y los tiempos
tan alto, entre nosotros,
como el viento: ¡avanza, no retrocedas!

Las huellas asustan pero los campos
maduran y borran
    lo que no queremos sentir,
    lo que no queremos oler,
    lo que no queremos oír,
    lo que no queremos ver,
    lo que no queremos probar,
    lo que no queremos cantar
tras aquello que permanece con los muertos.
Para quien comprende el secreto de la paz de los sepulcros
las puertas de la vida están abiertas, ahora y para
siempre...
Dejad que los muertos sean la tierra de los vivos
    báñate en el sol
    Purificado y libre
    brote tierno en la brisa primaveral.

Versiones de Andrés King Cobos


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