Tres poemas de Raúl Navarrete




EL TIEMPO

Hubo un tiempo a la luz que se agitaba,
que huía, que se mezclaba con la tierra.
Llameaba la inconsciencia
en los cuerpos extraños, retorcidos.
Pero el viento sentía y las horas sentían
y el corazón entero se volcaba
aspirando la noche.
Ardía el corazón rodeado de huracanes,
de luz, de placidez,
y los ojos cerrados miraban transparentes
la lejanía en sombras.
Con el rostro en el agua
y apretando las sienes entonces se vivía,
y el tiempo se tomaba,
se abría, se absorbía
en el tiempo que va quedando ahora
sobre la blanca tierra.


LOS MUERTOS

Los muertos bajan a la tierra.
Los muertos bajan a la tierra.
Yo vi caer la azada,
el templo, el paraíso.
Qué pasó no lo supe.
Y fueron siglos, siglos, de morir,
de rechazar la vida
y de quedar inmóvil, increíble.
Yo vi caer la azada.
Ah los bosques se abrieron,
se abrió mi corazón al pedernal
y quieto estuvo.
Qué pasó no lo supe.
Vi bajar a los muertos;
mas los muertos descienden a la tierra.
Aquellos tiempos se alejaron
y me quedé esperando
una reacción, un grito.


GIRANDO CON LA TIERRA

Una vez en la noche
me encontró la mañana
girando con la tierra.
Se oía el desenfreno de los brazos,
el ruido de los pies
en el agua de ahora, desdentada.
Toda la vida, entonces, se redujo.
Vi morir a las bestias y a los dioses
como una sola sangre,
como una sola hoguera transparente.
Vi morir a las bestias, atrapadas;
al cielo de la tarde desplomarse;
levantarse la voz y endurecerse
más y más y de prisa.
Ah mi voz se detuvo;
se detuvo mi voz más y más y de prisa
para volver aquí.
Por eso en este instante,
lo pasado,
me encuentra la mañana
girando, girando,
girando con la tierra. 



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