Una semana con Panero, día V: Tres poemas de "El último hombre"




SOLDADO HERIDO EN EL LEJANO VIETNAM

La muerte vació mi ser, dejó mis ojos
tan blandos y sexuales como selva.
Cada vez que me acuerdo de mí y de aquellos bosques
la nieve del esperma baña mi frente.
El avión me esperaba como una amenaza:
a medida que el terror se alejaba
vi la nave del sentido hundirse entre mis ojos.
En esta habitación de Windham Street
soy sólo un disparo entre los juncos.
Dicen que allá en los ríos, cuando baja
el viento oscuro de la noche, un pez
acaso me recuerde.


THOMAS MUNTZER, TEÓLOGO DE LA REVOLUCIÓN

Quemaban a los ricos con antorchas
Y tal que hierba seca ardían sus cuerpos.
Que el clero, con sus falsas oraciones
te consuele de desaparecer.
Todos los hombres se creían dios.
Mataban y luego eran despedazados.
Lutero manejaba con mayor elegancia los libros:
su mano que no trabajó nunca sabe
mover las páginas y engañar a los hombres.
Muntzer tiene la pasión y no la idea:
sin duda morirá despedazado.


ORA ET LABORA, I

Señor, largo tiempo llevo tus restos en el cuello
                                                                                  Y aún
Mi boca sola, y arrodillo ante las tardes
y en el rezo me evaporo,
como si fuera mi casa la ceniza.
                                               Es
como si no existo, como si el rezo
pidiera a los dioses la limosna de mi nombre
ante la tarde entera.
Nunca supe lo que el cielo era:
quizá la tarde, tal vez
amar más que ninguno
a mi madre, la ceniza.
                                     ¡Oh espía!
De mí aparta tu ojo, hice un voto
haz secreta mi muerte.

El último hombre, 1983. En Leopoldo María Panero, poesía completa. Visor, 2007.

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