Dos poemas de Ezra Pound




Y ASÍ, EN NÍNIVE

¡Ay! Soy un poeta y sobre mi tumba
las doncellas esparcirán pétalos de rosa
y los hombres mirtos, donde la noche
mata al día con su negra espada.

«¡Mira!, eso a mí no me corresponde
ni corresponde a ti impedirlo,
porque la costumbre es muy antigua,
y aquí en Nínive he contemplado
a muchos cantores pasar y tomar su lugar
en esos oscuros salones donde ningún hombre
perturba su sueño o su canción.
Y muchos han cantado sus canciones
con mayor habilidad y sentimiento que yo;
y muchos ahora sobrepasan
mis habituales olas de belleza con su viento
de flores,
sin embargo soy un poeta, y sobre mi tumba
todos los hombres esparcirán pétalos de rosas
donde la noche mata a la luz
con su azul espada».

«Esto no significa, Raana, que mi canción
suene más alto
o más dulcemente que la de cualquier otro
sino que
soy un poeta, que debe beber vida,
como pocos hombres vino».


N. Y.

¡Mi ciudad, mi amada, blanca mía! ¡Ah, esbelta!,
¡escucha! Escúchame, y con mi aliento te infundiré
un alma.
Delicadamente sobre la música de la flauta,
¡atiéndeme!

Ahora sé con certeza que estoy loco,
porque aquí un millón de personas enfurece
por el tránsito;
ésta no es una doncella.
Y no podría yo tocar, aunque la tuviera, una flauta.

Mi ciudad, mi amada,
eres una doncella sin pechos,
esbelta como una flauta de plata.
¡Escúchame, atiéndeme!
Y con mi aliento, te infundiré un alma,
y vivirás para siempre.

Versiones de Rafael Vargas

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