Dos poemas de Ulises Varsovia


ALGUIEN ESPERA

En un lejano, lejano puerto
encallado en los mares del Sur,
habitado por fantasmales rostros,
por rostros de oceánica estirpe.

Rostros como mi borrosa efigie,
soplados por vientos, por difuntos,
por espíritus domésticos
habitando porfiadamente
la desquiciada arquitectura,
las casas clavadas en el aire.

¿Quién espera de cara al mar,
de cara al delgado horizonte
gastado por viajes, por barcos,
por tempestades, por sueños,
quién espera, quién sigue esperando?

Cientos de tormentas desde entonces,
cientos de pulmones eólicos
soplando su gigantesca ira,
hundiendo barcos, arrojando
al fondo de la mar airada
a los hijos de la alborada.

¿Quién aún allí, qué figura
de perfil como mi efigie,
de casi irreconocible faz,
sentada frente al océano,
esperándome, esperándome?

Más allá del tiempo, viajero,
más allá de las tierras arduas,
de islas, istmos, archipiélagos,
más allá de las constelaciones,
de timones, hélices, sextantes,

y más allá aún, tramontana,
detrás de enormes cordilleras,
de enormísimas masas terrestres
rodeadas de extensión salada,

oh, más allá de la vida
y de la muerte, sin sitio,
sin memoria ni domicilio,
colgando del azar y del sueño,

tú, tu presencia itinerante,
tu identidad apenas visible
en papeles de letra muerta,
en fotografías borrándose,
en pisadas hacia el olvido.

¿Quién te espera, entonces, sentada
frente a la inmensidad oceánica,
con sus ojos de niebla clavados
en el horizonte testimonial,
en la línea de delgada bruma?

Tal vez sólo el viento errante,
tal vez tus fantasmas filiales,
tal vez la sombra del primer amor,
tal vez el sueño, tal vez nadie.

Tal vez ese puerto una nave
encallada en tu infancia, hundida
en tu irrecuperable memoria,
sepulta bajo un océano astral.

(Hermanía. 2003)


REBELIÓN

Desplómese de pronto el firmamento
con la rutilante metalurgia
de su sideral orfebrería,
derrúmbense de una sola vez
los mudos custodios orbitales,
rompan su rígida disciplina
de inconmovibles cuerpos celestes
girando en torno al flamígero sol.

Hágase el caos en ti, universo,
sacudan su esclavitud las esferas
fijas en tu orden desde el principio,
desobedezcan, descarrilen, vuelquen,
sálganse de madre los torrentes
de millones de ínfimas estrellas
cogidas en la centelleante cauda,
inflámese tu inmarcesible imperio
de una total rebelión planetaria,

agítense tus constelaciones,
salte en pedazos la Vía Láctea,
diasporícese Andrómeda en briznas,
en luciérnagas de indócil vuelo,
desunza el Auriga su carro,
rujan las Osas su emancipación,
estalle en su servil totalidad
la relojería del orden celeste,

y todo vuelva, Padre, a comenzar,
un nuevo orden nazca del caos,
un orden que nunca más transgreda
tu inverosímil siervo terrestre,
tu pequeñísimo automonarca,
el ínfimo dios irreverente.

(Anunciación. Ángeles y espadas. 2002)


  

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