De vuelta a casa | José Manuel Inchauspe


Anoche traté de poner las cosas en su lugar.

De ordenar —como suele decirse
cómodamente— mi vida.

Traté de ver qué cosas estaban más próximas
y cuáles más alejadas,
qué desplazamientos había,
de dónde venía este malestar,
este sueño cortado en la fría madrugada:
temblores que no me abandonan.

Bruscamente
uno ve con horror
que aquel que está en el espejo a veces
es otro.

¿Pero
quién puede —fríamente—
poner sus propias cosas en su lugar?

Se pueden alzar del suelo
los pedazos del jarrón roto
sin maldecir.

Se pueden quitar las infinitas telarañas
de los rincones,
descubrir el nido de las cucarachas,
la cueva del ratón
que se comió todos nuestros papeles en
silencio
y nos dejó vacíos.

Se puede salir con vida de un terremoto
y después se puede volver —simplemente
volver.
Se pueden pegar los pedacitos del jarrón
y rehacerlo de a poco
y sentir que su forma
es el hueco de tus manos —amor.

Pero cuando lo negro despierta en lo hondo
a veces
y entra y sale de uno a oleadas interminables
y uno acepta quedarse:

¿Quién desovilla el inmenso ovillo
con manos de témpano
sin encontrarse —al fin— enredado?

(Es cierto
ahora estoy caminando sobre escombros
de fuego
pero vuelvo a casa).

*

Cómo puede la tristeza
cubrirlo todo
sin dejarse ver.

*

Sentado
en un banco de esta plaza
bajo el desamparo de las tipas
leo al viejo Benn.

Dura, puntual, metódica, implacable
dentro de mí
la garra del crepúsculo hace lo suyo. 

Fuente en PDF.





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