Dos poemas de Gerard Manley Hopkins


ANDRÓMEDA

Ahora la Andrómeda del Tiempo en esta roca ruda,
Aquella sin igual en su belleza ni
Su daño, tiende la vista por ambos cuernos de la costa,
Su flor, su parte de ser, condenada a pasto de dragón.
En otro tiempo la pretendieron y acosaron
Muchos golpes y males; mas hoy escucha rugir
En el oeste una bestia más salvaje que todas, más
Fértil en desmanes, más desenfrenada y lasciva.

¿Se demora su Perseo y la abandona a sus
extremos?—
Pisa un tiempo el aire delicado y cifra
Su pensamiento en ella, que olvidada parece,
Cuya paciencia entretanto, desmenuzada en
dolores,
Crece; para luego descender avasallante, nadie sueña,
Con avíos de Gorgona y alabarda / trallas y comillos.
Oxford, 12 de agosto de 1879


“THE SHEPHERD’S BROW, FRONTING
FORKED LIGHTNING, OWNS”

El semblante del pastor, enfrentando la centella
bifurcada, concibe
El horror y el estrago y la gloria
De aquello. Los ángeles caen, son torres, del cielo
— una historia
De gemidos justos, majestuosos, gigantescos.
Pero el hombre — nosotros, andamio de frágiles
huesos;
Que alentamos, de la infancia a ras de suelo al
jadeo
De la vejez, cuyo aliento es nuestro memento
morí —
¿Qué bajo es nuestra viola para los tonos trágicos?
¡Él! Mano en boca vive, y evacúa con vergüenza;
Y, por más preclaro el nombre que blasone,
El hombre es Juan cualquiera, su hembra una
buscona.
Y yo que muero estas muertes, que nutro esta
llama,
Que... en lisas cucharas espío el reflejo de la vida
enmascarada: domo
Allí mis tempestades, mi fuego y fiebre inquieta.
3 de abril de 1889


Versiones de Juan Tovar.

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