Geórgicas | Antonio Gamoneda



Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.

Hay hierba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.


Entre el estiércol y el relámpago escucho el grito del pastor.

Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo desciendo a las hogueras húmedas.

He oído la campana de la nieve, he visto el hongo de la pureza, he creado el olvido.


Ante las viñas abrasadas por el invierno, pienso en el miedo y en la luz (una sola sustancia dentro de mis ojos),

pienso en la lluvia y en las distancias atravesadas por la ira.


Un bosque se abre en la memoria y el olor a resina es útil al corazón. Vi las esferas del sudor y los insectos en la dulzura;

luego, el crepúsculo en sus ojos;

después, el cardo hirviendo ante el centeno y la fatiga de los pájaros perseguidos por la luz


Esta casa estuvo dedicada a la labranza y a la muerte.

En su interior cunden las ortigas, pesan las flores sobre las maderas atormentadas por la lluvia.


El cuerpo esplende en el zaguán profundo, ante la trenza del esparto y los armarios destinados a los membrillos y las sombras.

De pronto, el llanto enciende los establos.

Una vecina lava ropa fúnebre y sus brazos son blancos entre la noche y el agua.


Sobre excremento de rebaños, subo y me acuesto bajo los robles musicales.

Cruzan palomas entre mi cuerpo y el crepúsculo, cesa el viento y las sombras son húmedas.

Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.


Yeguas fecundas en la fosforescencia. Recuerdo el miedo y la felicidad en mis cabellos hendidos por el relámpago; después, el agua y el olvido.

A veces veo el resplandor del monte sobre las grandes máquinas de la tristeza.


Extrañeza, fulgor: el gavilán inmóvil, y la melena del carrizo, y, sobre el agua, mis manos ante las zarzas polvorientas.

Pongo los frutos negros en la boca y su dulzura es de otro mundo como mi pensamiento arrasado por la luz.


Vi la serenidad en los ojos de las reses destinadas a los cuchillos industriales y los caballos inmóviles en la tristeza;

después, la cal, su luz en los ancianos, y grandes grietas habitadas por lamentos.


Tiendo mi cuerpo sobre las maderas agrietadas por las lágrimas, huelo la linaza y la sombra.

Ah la morfina en mi corazón: duermo con los ojos abiertos ante el territorio blanco abandonado por las palabras.

2 comentarios :

  1. Gracias por compartir, todo el libro merece mucho la pena.

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    1. Exacto, Gerardo. Es un gran libro.
      Gracias por tu comentario.

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