Tres poemas de Hojas de Hierba | Walt Whitman



EN BARCOS, EN EL MAR

En barcos, en el mar,
cuando el azul se extienda, ilimitado, por todas partes,
y silbe el viento y suene la música de las olas, de las enormes e imperiosas olas,
o algún navío solitario cabotee en la densa marina
y, alegre, lleno de fe, despliegue las velas blancas
y hienda el éter, envuelto por la espuma centelleante del día, o bajo las estrellas innumerables
de la noche,
acaso me lean —a mí, reminiscencia de la tierra— marineros viejos y jóvenes,
en armonía, por fin.
He aquí nuestros pensamientos, pensamientos de navegantes,
aquí no sólo aparece la tierra, la tierra firme, puede que digan entonces,
aquí se aboveda el cielo y sentimos ondular la cubierta bajo los pies,
percibimos el latido dilatado, el movimiento perpetuo del flujo y reflujo,
las melodías del misterio inescrutable, las vagas y vastas insinuaciones del mundo salobre,
las sílabas fluidas como un líquido,
el perfume, el tenue crujir del cordaje, el ritmo melancólico,
la perspectiva infinita y el horizonte lejano y borroso. Todo eso está aquí,
y éste es el poema del océano.
No flaquees, pues, oh, libro: cumple tu destino.
No eres sólo una reminiscencia de la tierra:
también eres otro navío solitario que hiende el éter, con rumbo desconocido, pero siempre
lleno de fe.
Consorte de todo barco que navega, ¡navega tú!,
y llévales, foliado, mi amor (queridos marineros: para vosotros lo deposito aquí, en cada
hoja);
¡prospera, libro mío!, despliega las velas blancas, embarcación mía, y atraviesa las olas
imperiosas,
canta, navega, surca el azul ilimitado que se extiende desde mí a los siete mares
para llevar esta canción a los marineros y a todos sus barcos.


PARA ÉL CANTO

Para él canto:
construyo el presente sobre el pasado
(como un árbol perenne que crece desde la raíz, así se alza el presente sobre el pasado),
lo dilato con el tiempo y el espacio, y lo fundo con las leyes inmortales,
para que, con ellas, devenga su propia ley.


EL BARCO QUE ZARPA

Contemplad el mar ilimitado
y, en su seno, un barco que zarpa, con las velas desplegadas, aun las de la gavia,
y el gallardete flameando. Navega el buque, navega, majestuoso; las olas, abajo, lo emulan,
pugnan por adelantarlo,
lo envuelven con el fulgor de su ondular y sus espumas.

Versiones de Eduardo Moga.

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