Tres poemas de Ulises Varsovia


AGUAS

Como esas aguas que corren bajo el cielo y las tragedias,
ciegas, locas, dispersas, en su unidad desbandadas,
atropellando sus huellas, gritando en su estéril idioma,
ay, sin tutela de besos, rechazados sus lamentos,
cada vez más alejadas, y siempre, siempre más lejos,
solitarias en su multitud indestructible,
como su infinita orfandad que sólo escribe el invierno,
su propia vida allí expresada, su ritual aislamiento,
deshojadas por una mano que no olvida ni perdona.

Yo leo sus estrellas, yo alimento sus palomas,
nada de lo que en el luto ocurre me es ajeno.
Aguas sin fin muriendo, viviendo en toda la muerte,
sólo los pájaros vienen, y los ávidos animales.
Porque ya llegando el hombre ha llegado lo extranjero,
y hay una flor que no entiende, una harina traicionada,
los trigos sagrados del cielo desobedecidos,
violado su designio fúnebre por un dios demente.

No hay propósito de mal en mi aflicción secreta,
ni reniego de mi especie que la edad ha construído.
Mi estructura acata el clima, la forma, la ansiedad humana.
Pero miradme las aguas donde el orden se desploma:
la búsqueda, la fuga, la lejana lejanía,
el origen cabalgando con un grito tras mis pasos,
una dulce voz que llama, ay, mis delitos secretos,
todos los ciclos de sombra como anillos a mi angustia,
las aguas locas, las aguas, los otoños del invierno.

Y siempre, siempre esa voz dulce que en vano me llama.
Hay invasiones, hay ruinas, hay olvidos en la tierra,
oraciones y misterios, hay oraciones abyectas,
hay amores desafiando la destrucción que me acosa.
Yo no olvido porque sigo, porque persisto en mi muerte,
siempre a las aguas adicto, a su extensión afiliado,
en su sucumbir interminable sollozando.
Y hay, además, no tristezas, no melancolías dulces,
sino un ancho movimiento, una convulsión cerrada,
un temblor temblando encima de su propio sacudirse,
vibraciones superpuestas de dolorosa manera.
Eso existe transcurriendo en las aguas de la tierra.

Llámame aún en la noche cuando todo se corrompe,
donde sucede más fuerte mi funeral de besos,
como un arma destruída al umbral de mi existencia,
como los hombres que rompen la virginidad del agua,
como esas mismas aguas, ay, las aguas, las aguas.

Llámame a mi sobresalto, a mi vigilia ferviente,
llámame a mi obscuridad llena de cruces negras,
porque sólo tú no dueles cuando la tierra combate,
cuando las flores combaten, y el aire lucha en el aire,
y la intimidad del agua conquista la existencia con su llanto.

(Jinetes Nocturnos. 1975)


OCURRIR COMO UN TRUENO

Ocurrir como un trueno salvaje en las noches de invierno,
volver al relámpago prístino puro que fuimos,
perder nuestro rastro muy dentro en nosotros buscando,
no ser porque amamos, no amar porque somos,
no dulce ternura si besos infieles.

El ciclo ancestral del amor en lo adiós o la muerte se cierra.
Crece la luz como un niño desnudo llorando en el alma,
su aciago destino es morir sin llegar al extremo del tiempo,
sin que toque su lenta agonía el conjuro sagrado del sueño,
vagabundo que cae al otoño y devuelve la tierra y regresa.

No hablemos de aquellas palabras que nadie osaría asumir,
callemos promesas difuntas que llevan el luto de viudas,
es dulce otorgar direcciones, es cierto, en las tiernas raíces,
despojarnos de orgullo y costumbres de recia prosapia
invistiendo de plenos poderes la aurora que nace y nos ciñe.

Es dulce acosar nuestras alas rompiendo los vuelos triunfales,
caer de rodillas humildes al pie de los dioses que nacen,
torcernos la ruta besando extranjeros designios que irrumpen.
Es dulce el tenaz cautiverio de amar las cadenas que amamos
mudando de sueños, quemando costumbres, rompiendo raíces.

Ocurrir en la noche telúrica ausente o total en el sueño,
sin cruel patrocinio de voces lejanas que exigen,
directo hacia atrás galopando en obscura estampida,
no ser porque amamos su triste mirada en la muerte,
no amar porque somos y es triste su triste mirada existiendo.

(Aguas tumultuosas. 1976)


HOLOCAUSTO

Si la poesía, sumergida
en su nebulosa
interioridad,
si su canto la ebriedad
de un aeda a solas
con su portentosa
lira pentagramal,

si la poesía,
camaradas
de la desheredad,
nada más que la ansiedad
de voces pasmadas
en su melodía,
y la exterioridad
una minúscula llama
de luz consumida,

entonces de la agonía
el poeta su canción
arrancada,
entonces, camaradas
de nocturna voz
disleída,
la divina poesía
una gota de dolor
atragantada,

y en su propia llama
de insecto suicida,
el vate y su lira
inmolándose en aras
de la poesía.

(Nocturnal. 2000)

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