El lugar secreto | Richard Mckenna

   


   Esta mañana mi hijo estaba saliendo para el campamento cuando me preguntó de pronto qué hice en la guerra. Tiene quince años y no sé por qué no me lo preguntó antes. Tampoco puedo decir por qué nunca preví que me haría esa pregunta.
   Pude salvar la situación contestando que yo había trabajado para el gobierno. Mi hijo pasará dos semanas al aire libre. Mientras los ayudantes lo presionen, cumplirá bastante bien las actividades del grupo. Pero tan pronto lo descuiden, se dedicará a estudiar una colonia de hormigas o a leer algún libro. Ahora le interesa la astronomía. Y apenas vuelva, volverá a preguntarme qué hice en la guerra y tendré que contarle.
  Pero yo no sé muy bien qué hice en la guerra. A veces pienso que mi grupo libró una lucha a muerte con un mito local, y que solo el coronel Lewis la entendía. Ignoro quién ganó. Sólo sé que la guerra impone a algunos hombres riesgos más oscuros e innobles que la muerte en combate. Sé que ese fue mi caso.
  Todo comenzó en 1931, cuando un muchacho de la zona apareció muerto en el desierto que se extiende cerca de Barker, Oregón. Tenía consigo un saquito de mineral aurífero y un cristal de óxido de uranio, del tamaño de un pulgar. El cristal fue a parar como una curiosidad más a la oficina de análisis minerales de Salt Lake City, y en 1942 llegó a tener una rara importancia. Los representantes del ejército llegaron a la conclusión de que la zona de origen era quizá un área de unas cien millas cuadradas, en las proximidades de Barker. El doctor Lewis fue incorporado a filas como coronel de reserva, y se le ordenó que encontrase la veta. Pero toda la zona estaba recubierta por un manto de lava miocénica de miles de pies de espesor, y por supuesto era un absurdo geológico buscar allí una veta de pegmatita. La zona no tenía un sistema de drenaje hídrico, y no había habido allí ningún glaciar. El doctor Lewis afirmó que el cristal había sido traído por la mano del hombre.
  De nada le sirvió. Le dijeron que no discutiese. Los grandes jefes no se aplacarían si no se invertía mucho dinero y esfuerzo científico. El ejército le envió jóvenes geólogos, incluyéndome a mí, y exigió informes periódicos. En beneficio de la moral, e impulsado por una frustrada desesperación, el doctor Lewis decidió convertir el proyecto en un ejercicio modelo de texto, enumerando y describiendo los lechos de basalto que descendían hasta la capa miocénica prevolcánica. El resultado sería al menos una interesante contribución a la litología de la Meseta de Columbia, y también la prueba material de que no había mineral de uranio; de modo que en definitiva nadie engañaba a nadie.
  Esa zona de Oregón era árida, plana, sin accidentes, con abundantes afloramientos de lava, y entre ellos parches escasos de tierra gris donde crecían unos matorrales raquíticos que nos llegaban a las rodillas. Un paisaje cálido y seco en verano, y en invierno entristecido por una delgada capa de nieve, y todo el año azotado por los vientos. Barker tenía un centenar de casas de madera en unas pocas calles polvorientas, y algunos cultivos de heno a lo largo de un canal. Todos los hombres jóvenes se habían marchado a la guerra, y los viejos parecían mirarnos con malos ojos. Éramos veinte, además de las cuadrillas de perforación contratadas que vivían en sus propias casas rodantes; en cierto sentido, casi podía hablarse de campo contra ciudad. Dormíamos y comíamos en la Colthorpe House, a cien metros de nuestra oficina central. Ahí teníamos nuestra propia mesa de "ciudad" y para el caso bien podríamos haber sido un grupo de marcianos.
  De todos modos me gustaba. El doctor Lewis nos trataba como a estudiantes, y nos daba clases, nos proponía problemas y nos recomendaba lecturas. Era un maestro excelente y un hombre de ciencia brillante, y lo queríamos mucho. A cada uno le asignó sucesivamente diferentes fases del trabajo. Yo empecé trazando el mapa del terreno, y luego trabajé con las cuadrillas de perforación, que extraían muestras del basalto y la losa de granito, a varios miles de pies. Después colaboré en las lecturas gravimétricas y sísmicas. Teníamos todos un excelente espíritu de equipo, y entendíamos que estábamos aprendiendo a fondo geofísica de campo. Decidí por mi cuenta obtener el doctorado en geofísica cuando acabara la guerra. Por supuesto, con el patrocinio del doctor Lewis.
  A principios del verano de 1994 concluyó el trabajo de campo. Las cuadrillas de perforadores se marcharon. Empacamos toneladas de barrenos y muchas cajas de planillas gravimétricas y grabaciones sísmicas con el fin de trasladar todo a la universidad del doctor Lewis, en el Oeste. Allí trabajaríamos varios meses más, mientras incorporábamos los datos a una serie de mapas de perfiles estructurales. Todos estábamos muy entusiasmados, y comentábamos incansablemente la posibilidad de salir con muchachas otra vez y de ir a fiestas. Y entonces el ejército opinó que una parte del personal debía continuar la investigación de campo. Por puro formalismo, el doctor Lewis decidió dejar a un hombre, y me eligió a mí.
  No me gustó nada. Me sentí injustamente abandonado. Me pareció que el doctor Lewis resolvía el asunto con una brusquedad excesiva.
  Vaya una vez por día a la zona en un jeep, con un contador Geiger —ordenó—. Luego quédese en la oficina y atienda el teléfono.
  ¿Y si el ejército llama cuando no estoy? —pregunté hoscamente.
  Tome una secretaria —dijo—. Le daremos una asignación.


  De modo que se marcharon y me dejaron, con el título de jefe de campo, y yo como único empleado. Sentí que me habían entregado a la aldea hostil. Llegué a la conclusión de que odiaba al coronel Lewis, y pensé en vengarme. Pocos días después el viejo Dave Gentry me dijo cómo.
  Era un anciano enjuto, de bigote blanco, y yo me sentaba junto a él en mi nuevo sitio, en la mesa de la "ciudad". Las comidas me entristecían. Oía comentarios acerca de los jóvenes saludables que evitaban ponerse el uniforme y gastaban el dinero de los contribuyentes. Una noche deposité de un golpe el tenedor sobre el plato medio vacío y me puse de pie.
  El ejército me mandó aquí, y me deja aquí —dije a la docena de ancianos y mujeres sentados a la mesa—. Me gustaría cruzar el mar y degollar japoneses para contentar a gente bondadosa y amable como ustedes. De veras, me gustaría. ¿Por qué no le escriben al representante de ustedes en el Congreso?
  Salí pisando fuerte y me detuve en un extremo de la veranda, echando chispas. El viejo Dave se acercó.
  Pare el caballo, muchacho —dijo—. Odian al gobierno, no a usted. Pero el gobierno es como el tiempo, y en cambio a usted lo tienen cerca.
  Y pueden hincarme el diente —dije con amargura.
  No les faltan razones —dijo Dave—. Las minas secretas no se encuentran buscando como hacen ustedes. Además, la mina del Chico Loco pertenece a la gente de Barker.
  Dave tenía más de setenta años, y cuidaba los caballos en el establo local. Llevaba un chaleco raído y abierto sobre unos tirantes descoloridos y una camisa de franela gris, y nadie hubiera esperado jamás encontrar sabiduría en ese viejo.
  Es una región grande, nueva y solitaria, y la vida de la gente es dura —dijo—. Todos los pueblos hablan de minas secretas, o de tesoros ocultos. Sólo los niños los buscan. A los demás les basta saber que existen. Les ayuda a soportar la vida.
  Comprendo —dije; algo se movía en el trasfondo de mi mente.
  Hasta hace trece años, Barke no tenía una mina secreta —dijo Dave—. Y la gente, por supuesto, no soporta que ustedes la busquen así, y cuando ha pasado tan poco tiempo.
  Sabemos que la mina no existe —dije—. Y estamos demostrándolo.
  Si pueden demostrarlo, será todavía peor —dijo Dave—. Pero no lo lograrán. Todos vimos y tocamos el mineral. Era cuarzo, mezclado con oro en hilos y escamas. El chico salió a pie de su casa y lo trajo aquí. El filón tiene que estar muy cerca.
  Hizo un ademán señalando la zona de prospección. El cielo resplandecía con las luces del crepúsculo, y de pronto sentí que mi interés se avivaba. El coronel Lewis siempre nos había recomendado que evitásemos las conjeturas acerca del caso. Si alguno de nosotros tocaba el tema, era yo generalmente quien iniciaba el abucheo, y todos lo invitábamos a que se paseara por la zona con una vara de rabdomante. Para nosotros era un artículo de fe que la veta no existía. Pero ahora yo estaba completamente solo, y era mi propio jefe.
  Dave y yo pusimos un pie en el pasamanos de la veranda y apoyamos los brazos en las rodillas. Dave escupió un pedazo de tabaco y me habló de Owen Price.
  Siempre fue un chico extraño, y creo que leyó todos los libros de la aldea —dijo Dave—. Un muchacho inquieto de veras.
  No soy folklorista, pero me pareció evidente que ciertos elementos míticos estaban impregnando ya la historia.
  Ante todo Dave insistió en que el muchacho tenía la camisa hecha jirones y la espalda lacerada.
  Como si lo hubiera atacado un puma —dijo Dave—. Sólo que en ese desierto nunca hubo pumas. Seguimos las huellas del muchacho, hasta que al fin se entrecruzaron demasiadas veces. Pero nunca encontramos el rastro de un puma.
  Por supuesto, yo podía ignorar este aspecto de la cuestión pero de todos modos el relato se apoderó de mí. La causa fue quizá la voz lenta y segura de Dave; o la extraña luz crepuscular, y tal vez mi propio orgullo herido. Pensé que a veces los grandes afloramientos de lava arrancan y transportan enormes masas de rocas. Quizás allí estaba una de esas masas erráticas, de unos pocos cientos de metros, y por eso nuestros barrenos no habían dado con ella; y podía tratarse de piedra uranífera. Si lograba descubrirla, pondría en ridículo al coronel Lewis. Desacreditaría, incluso, a la geología como ciencia. Yo lo haría. Duard Campbell, el hombre despreciado y rechazado. Mis pensamientos más lúcidos clamaban que toda la historia era absurda, pero en un rincón de mi cerebro, allá en el fondo, empecé a redactar una carta devastadora al coronel Lewis, y me sentí reconfortado.
  Dicen que la hermana menor del muchacho podría decir si quisiera dónde escondió el mineral —dijo Dave—. Lo acompañó muchas veces al desierto. Se desesperó de veras cuando ocurrió todo, y después perdió el habla, pero he oído decir que ya habla otra vez. —Meneó la cabeza. — Pobrecita Helen. Prometía ser una linda muchacha.
  ¿Dónde vive? —pregunté.
  Con la madre, en Salem —dijo Dave—. Entró en la escuela de comercio, y entiendo que trabaja para un abogado local.


  La señora Price era una anciana implacable que parecía dominar totalmente a su hija. Aceptó que Helen fuese mi secretaria apenas le hablé del sueldo. Un llamado telefónico y resolví el problema 'seguridad'; en efecto, ya habían investigado a Helen cuando le habían seguido la pista al cristal de uranio. La señora Price dispuso que Helen viviese con una familia conocida de Barker, para proteger la reputación de la joven. En verdad no corría peligro. Me proponía enamorarla, si era necesario, para arrancarle el secreto, si guardaba algún secreto; pero no le haría daño. Yo sabía muy bien que mi juego se llamaba "La venganza de Duard Campbell". Sabía que no encontraría uranio.
  Helen era una muchachita fea, de un carácter de hielo, temeroso. Usaba zapatos de taco bajo y medias de algodón, y vestidos simples con puños y cuellos blancos. El único rasgo agradable era la piel blanca y perfecta, y sobre ese fondo las cejas gruesas, oscuras y puntiagudas, y los ojos de color azul grisáceo le daban a veces un aire de duendecillo. Le gustaba sentarse como recogida en sí misma, los pies juntos, los codos pegados al cuerpo, los ojos bajos, la voz apenas audible, cerrada y lisa como un huevo. Le di un escritorio frente al mío, y se sentaba en esa postura, y llevaba a cabo todas las tareas que yo le encomendaba; y yo no sabía cómo llegar a ella.
  Traté de bromear, y ensayé los regalitos y las atenciones, y también la tristeza y la necesidad de simpatía. Ella escuchaba, trabajaba y siempre parecía tan distante como la luna. Sólo después de dos semanas y por pura casualidad descubrí al fin una clave.
  Estaba ensayando el método de la simpatía. Dije que no era tan desagradable verse alejado de los amigos y la familia, pero lo que no podía soportar era la árida monotonía de aquella región. Todos los sitios eran iguales, y de un extremo al otro de la región no había un solo lugar que se distinguiera del resto. Pareció que algo se encendía en ella, y me miró irritada.
  Hay muchos lugares maravillosos —dijo.
  Venga conmigo en el jeep y muéstremelos —la desafié.
  Ella no tenía muchas ganas, pero pese a todo la obligué a salir. Guie el jeep entre los afloramientos, traqueteando y saltando. Recordaba bien el mapa, y siempre sabía dónde estábamos, aunque sólo por las coordenadas cartográficas. El desierto mostraba nuestras señales: las perforaciones, las explosiones de investigación sísmica, las estacas de madera, los envases de hojalata, las botellas y los papeles que volaban al viento eterno; y sin embargo, todo parecía lamentablemente igual.
  Avíseme cuando pasemos por un "lugar" y me detendré —dije.
  Todos son lugares —contestó ella—. Aquí mismo hay un lugar.
Detuve el jeep y la observé sorprendido. Me había hablado con una voz fuerte y gutural. Me miró con los ojos muy abiertos y sonrió; yo nunca la había visto así.
  ¿Qué tiene de especial este lugar? —pregunté.
Ella no contestó. Bajó del jeep y caminó unos metros.
Toda su actitud había cambiado. Se movía casi con pasos de baile. La seguí y le toqué el hombro.
  Dígame qué tiene de especial —insistí.
Se volvió y miró un punto a mis espaldas. Mostraba una gracia y una vitalidad nuevas, y era una muchacha muy hermosa.
  Aquí están todos los perros —dijo.
  ¿Los perros?
  Miré alrededor los míseros arbustos y el suelo estéril y la roca oscura y deprimente, y miré a Helen de nuevo, perplejo.
  Los perros grandes y estúpidos que andan en manadas y comen pasto —dijo. Seguía girando y mirando—. Los grandes gatos persiguen a los perros y se los comen. Los perros gritan y gritan. ¿No los oye?
  ¿Qué disparates son ésos? —dije—. ¿Qué le pasa?
  Fue como si yo la hubiese golpeado. Se derrumbó en un instante, volvió a ser la de siempre y apenas pude oír la respuesta.
  Disculpe. Mi hermano y yo jugábamos aquí a los cuentos de hadas. Todo esto era como un país maravilloso para nosotros. —Se le llenaron los ojos de lágrimas. — No vine más desde que... Ya lo he olvidado. Discúlpeme.


  Tuve que jurar que necesitaba dictar "observaciones de campo" para obligar a Helen a que volviese al desierto. Se sentaba rígida en el jeep, con el anotador y el lápiz, mientras yo representaba mi comedia con el Geiger y barbotaba jerga. Ella tenía los labios pálidos y apretados, y yo veía cómo luchaba contra la magia del desierto, y cómo perdía lentamente la batalla.
  Al fin ella cedió, y volvió a tener aquel humor extraño, esta vez traté de no perturbarla. Era a la vez algo inquietante y maravilloso, y obtuve muchísimos datos. Todas las mañanas la obligaba a salir para recoger las "observaciones de campo", y cada vez ofrecía menos resistencia. De regreso en la oficina volvía a congelarse, y yo me maravillaba de ver cómo dos personas tan distintas podían habitar el mismo cuerpo. Llamé a las dos fases la "Helen de la oficina" y la "Helen del desierto".
  A menudo conversaba con el viejo Dave en la veranda, después de la cena. Una noche me previno.
  Aquí la gente cree que Helen no está bien de la cabeza desde que murió el hermano —dijo—. Y están preocupados por usted y la chica.
  Me siento como si fuera un hermano mayor —dije—.
  Dave, jamás le haré daño. Si encontramos el filón, la mejor parte será para ella.
Meneó la cabeza. Quise explicarle que era sólo un juego inofensivo, y que en todo caso jamás encontraríamos oro. Pero como juego, me fascinaba.
  La Helen del desierto me seducía; parecía indefensa, y se sentía obligada a revelar su vida secreta. Era una niña pequeña en el cuerpo de una mujer. Excitada, hablaba con una voz grave y sin aliento, y me transmitía esa misma maravilla que le animaba y le transfiguraba el rostro. Huía corriendo entre las rocas oscuras y los matorrales mezquinos, y por un instante los transformaba en cosas hermosas. Me llevaba de la mano, y a veces nos alejábamos del jeep más de un kilómetro. Me trataba como si yo fuera un niño ciego y tonto.

  No, no, Duard, ¡eso es un peñasco! —decía, apartándome.
  Caminaba adelante, de modo que yo pudiese pisar las piedras que ayudaban a cruzar un arroyo. Me señalaba los bosques y los arroyos y los riscos y los castillos. Había caballos hirsutos con garras, pájaros dorados, camellos, brujas, elefantes y otras muchas criaturas. Yo fingía verlo todo, y me ganaba la confianza de Helen. Ella me explicaba e interpretaba los cuentos de hadas que en otro tiempo había representado con Owen. A veces él estaba encantado, y otras veces ella, y había que desafiar la magia negra de una bruja o un gigante para rescatar al otro. Unas veces yo era Duard, y otras casi creía ser Owen.
  Helen y yo nos deslizábamos en castillos dormidos, y nos ocultábamos con el corazón en la boca, mientras el gigante gruñía colérico, y luego huíamos tomados de la mano.


  Pues bien, yo entraba en el juego de Helen, pero nunca perdía de vista el mío, Todas las noches volcaba en mi mapa lo que había aprendido ese día de la topografía del país maravilloso. La geomorfología era notablemente lógica.
  Cuando jugábamos, yo aludía con frecuencia al tesoro del gigante. Helen nunca negó que existiera, pero el asunto parecía turbarla y se mostraba esquiva. Se llevaba un dedo a los labios, y me miraba con ojos solemnes y redondos.
  Sólo hay que llevarse las cosas que no le importan a nadie —solía decirme—. Si te apoderas del oro o las joyas, te traerá una mala suerte terrible.
  Tengo una magia contra la mala suerte, y a ti también te servirá —le dije cierta vez—. Es la magia más grande y fuerte del mundo.
  No. Todo se estropea. Se transforma en cuernos de cabra y culebras muertas y cosas así —dijo de mal humor—. Owen me lo explicó. Es una regla del país de las hadas.
Otra vez hablamos del asunto, sentados en una cañada oscura, cerca de una cascada. Teníamos que hablar en voz baja para no despertar al gigante. La cascada era en realidad el gigante que roncaba, y también el viento que soplaba eternamente en el desierto.
  ¿Owen nunca se lleva nada? —pregunté.
Yo ya había aprendido a referirme siempre a Owen en presente de indicativo.
  A veces tiene que hacerlo —dijo ella—. Una vez, aquí mismo, la bruja me convirtió en un sapo horrible. Owen me puso una flor en la cabeza y volví a ser Helen.
  ¿Una flor real y verdadera? ¿Una flor que pudiste llevarte a casa?
  Una flor roja y amarilla, más grande que mis dos manos —replicó—. Traté de llevarla a casa, pero se le cayeron los pétalos.
  ¿Owen nunca se lleva nada a casa?
  A veces piedras —dijo ella—. Las guardamos en un refugio secreto del establo. Creemos que pueden ser huevos mágicos.
Me puse de pie.
  Ven, muéstrame.
  Ella negó vigorosamente con la cabeza, y retrocedió.
  No quiero ir a casa —dijo—. Nunca.
  Se retorció y enfurruñó, pero la obligué a incorporarse.
  Por favor, Helen, hazlo por mí —dije—. Sólo un minuto.
  La arrastré hasta el jeep y fuimos a la vieja casa de los Price. Cuando pasábamos cerca ella nunca la miraba, y tampoco la miró ahora. Estaba endureciéndose, regresando a la Helen de la oficina. Pero me guio por los recovecos de la casa ruinosa, de ventanas rotas, y al fin llegamos a un establo sórdido. Apartó la paja amontonada en un rincón, y aparecieron las piedras. No advertí qué excitado estaba hasta que la desilusión me golpeó como un puñetazo en el estómago.
  Eran guijarros de cuarzo y granito rosa, cantos rodados y sin ningún valor. Lo único especial era que no podían haber salido de ese desierto de basalto.
  Al cabo de unas semanas abandonamos la ficción de las observaciones de campo, y simplemente íbamos al desierto a jugar. Yo ya tenía una descripción casi completa del país maravilloso de Helen. Parecía tratarse de una montaña nacida de una falla reciente, con un río paralelo y una pendiente suave del otro lado del río. La cara escarpada era boscosa, atravesada por cañadas profundas, y había castillos en las agujas truncadas. Yo verificaba constantemente la información de Helen, y nunca la sorprendí en una contradicción. Ella titubeaba a veces, y cuando yo podía decirle dónde estábamos, entraba aún más profundamente en aquella vida secreta. Una mañana descubrí hasta qué punto.
  Helen estaba sentada sobre un tronco, en el bosque, y entretejía un canastillo de helechos. Yo esperaba de pie, a su lado. Levantó los ojos para mirarme y sonrió.
  ¿A qué jugaremos hoy, Owen? —preguntó.
  Yo no había esperado esto, y me sentí orgulloso. Hice una cabriola, me alejé de un salto, volví y me agazapé a los pies de Helen.
  Hermanita, hermanita, estoy embrujado —dije—. Tú eres ahora la única persona del mundo que podría desencantarme.
  Lo haré —me contestó con su vocecita de niña—. ¿Qué eres hermano?
  Un perro grande y negro —dije—. Un gigante perverso llamado Lewis Hueso Pelado me tiene encadenado en los fondos del castillo, mientras sale a cazar con los otros perros.
  Ella se alisó la falda gris sobre las rodillas. Entreabrió la boca.
  Te sientes solo, y aúllas todo el día y aúllas toda la noche —dijo—. Pobre perrito.
Eché atrás la cabeza y aullé.
  Es un gigante terrible y perverso, y conoce toda clase de magias terribles —dije—. No tengas miedo, hermanita. Apenas me desencantes seré un hermoso príncipe y le cortaré la cabeza.
  No tengo miedo. —Le chispeaban los ojos. — No tengo miedo al fuego ni a las culebras, ni a los alfileres, ni a las agujas, ni a nada.
  Te llevaré a mi reino, y viviremos felices para siempre. Serás la reina más hermosa del mundo, y todos te amarán.
  Meneé la cola y descansé la cabeza sobre las rodillas de Helen. Me acarició la cabeza sedosa y me tiró de las orejas negras y largas.
  Todos me amarán. —Ahora se la veía muy seria. — Pobrecito perro. ¿Te desencantará el agua mágica?
  Tendrás que tocarme la frente con una pieza del tesoro del gigante —dije—. Es el único, el más único modo de desencantarme.
  Me pareció que ella se encogía y se alejaba de mí. Se puso de pie, el rostro retorcido por el dolor y la cólera.
  ¡No eres Owen, eres sólo un hombre! ¡Owen está embrujado, y yo también, y nadie romperá el encantamiento!

  Huyó a la carrera, y ya era la Helen de la oficina cuando llegó al jeep.


  Después de ese día, Helen se negó a acompañarme al desierto. Parecía que mi juego se había agotado. Pero aposté que la Helen del desierto aún podía oírme, en algún sitio profundo, y ensayé una nueva estrategia. La oficina estaba en un cuarto de un primer piso, sobre el antiguo salón de baile; e imagino que en la época de la frontera había habido allí escaramuzas entre hombres y mujeres. Pero dudo de que nunca hubiese ocurrido nada tan extraño como mi nuevo juego con Helen.
  Yo siempre me había paseado y había conversado mientras Helen trabajaba. Ahora, empecé a mezclar las afirmaciones rutinarias con comentarios fantásticos, mencionando una y otra vez al perverso gigante, Lewis Huesos Pelados. La Helen de la oficina procuró no prestar atención, pero a veces sorprendía a la Helen del desierto espiándome por el rabillo del ojo. Acudí a la ruina de mi carrera de geólogo. Murmuré algunas cosas acerca de mi vida y mi trabajo en lugares exóticos, y de mi necesidad de una esposa que me atendiera la casa y me ayudara a despachar el papeleo. La Helen de la oficina parecía perturbada. Se equivocaba cuando escribía a máquina y dejaba caer cosas. Insistí varios días en la misma cuerda, procurando obtener la mezcla exacta de realidad y fantasía; la situación era difícil para la Helen de la oficina.
  Una noche el viejo Dave volvió a prevenirme.
  Helen parece nerviosa, y la gente habla. La señorita Fowler dice que Helen no duerme, y que llora de noche, y no quiere explicar qué le pasa. Casualmente, ¿usted no sabe qué le pasa?
  Sólo hablamos de trabajo —dije—. Quizá extraña a la madre. Le preguntaré si quiere tomarse unas vacaciones.
  No me gustó cómo Dave me miraba. — Dave, no la lastimé. No quiero lastimarla —dije.
  Se mata a la gente por lo que hace, no por lo que piensa hacer —replicó—. Hijo, en este pueblo hay hombres dispuestos a aplastarlo a usted como a una víbora, si le hace daño a Helen Price.
  Trabajé en Helen todo el día siguiente, y a la tarde encontré el tono justo y las defensas de la muchacha se derrumbaron, de un modo que yo no esperaba.
  La vida entera es una especie de juego —le dije—. Pensándolo bien, todo lo que hacemos es un juego.
  Helen dejó el lápiz sobre el escritorio y me miró a los ojos, como nunca lo había hecho en la oficina, y sentí que el corazón se me aceleraba de pronto.
  Helen, tú me enseñaste a jugar. Yo era un hombre tan serio que ni siquiera sabía jugar.
  Owen me enseñó a jugar. Tenía magia. Mis hermanas sólo sabían jugar a las muñecas y los maridos ricos, y yo las odiaba.
  Me miró con los ojos brillantes, y le temblaron los labios, y casi se convirtió en la Helen del desierto allí mismo en la oficina.
  En la vida común hay magia y encantamiento, si uno sabe buscarlos —dije—. ¿No lo crees, Helen?
  ¡Lo sé!.—dijo. Palideció y dejó caer el lápiz—. Por un encantamiento, Owen tuvo esposa y tres hijas, y sólo era un niño. Pero no había otro hombre en la casa, y todos menos yo lo odiaban, pues éramos tan pobres. —Se estremeció, y siguió hablando con voz neutra. — No pudo soportarlo. Se apoderó del tesoro, y el tesoro lo mató. —Le corrieron las lágrimas por las mejillas. — Traté de pensar que era todo brujería, que no estaba muerto, y que si yo no hablaba ni me reía durante siete años lo desencantaría.
Hundió la cabeza en las manos. Me alarmé. Me acerqué y le puse la mano en el hombro.
  Pero hablé. —Se mesaba y se estremecía. — Me hicieron hablar, y ahora Owen no volverá nunca.
  Me incliné y le puse el brazo sobre los hombros.
  No llores, Helen. Volverá —dije—. Hay otros encantamientos que pueden traerlo de vuelta.
  Yo mismo no sabía lo que decía. Me atemorizaba lo que había hecho, y quería consolarla. Helen se incorporó bruscamente y me apartó el brazo.
  ¡No soporto más! ¡Me vuelvo a casa!
  Atravesó corriendo el vestíbulo y escapó escaleras abajo, y desde la ventana la vi bajar a la calle, llorando siempre. De pronto, mi propio juego me pareció cruel y estúpido, y decidí suspenderlo. Rompí mi mapa del país encantado y mis cartas al coronel Lewis, y me pregunté cómo era posible que se me hubiese ocurrido una cosa semejante.


  Esa noche, después de la cena, el viejo Dave me indicó con un ademán que saliéramos a la veranda. La cara del viejo parecía tallada en madera.
  No sé qué ocurrió hoy en la oficina, y quizá es mejor que no lo sepa. Pero envíe a Helen de vuelta con su madre, en el coche de la mañana, ¿me oye?
  De acuerdo, si ella quiere —dije—. No puedo despedirla.
  Hablo por los muchachos. Súbala al coche de la mañana, o iremos a conversar con usted.
  Está bien, Dave, de acuerdo.
  Quise explicarle que el juego ya había terminado, y que deseaba arreglar las cosas con Helen, pero lo pensé mejor y me callé. En la voz de Dave había desprecio y odio, y aunque él era un viejo tuve miedo de veras.
  Helen no vino a trabajar por la mañana. A las nueve yo mismo fui a buscar la correspondencia. Recogí un cilindro de cartón y algunas cartas, y volví a la oficina. La primera carta era del doctor Lewis, y como por arte de magia resolvió todos mis problemas.
  El doctor Lewis había pedido permiso para terminar la fase de campo. Los mapas de los perfiles estructurales ya habían sido completados. Para mi información, en la caja había copias de los mapas. Yo tenía que hacer un inventario, y prepararme para entregar todo a un equipo militar de intendencia que llegaría pocos días después. Aún había que verificar muchos datos, de acuerdo con los mapas. Por mi parte, me reincorporaría al grupo, de modo que en definitiva tendría la posibilidad de llevar a cabo una parte del trabajo de laboratorio.
  Me sentí bastante bien. Me paseaba de un extremo al otro de la oficina, silbando entre dientes. Deseaba que Helen volviera y me ayudara a preparar el inventario. Luego abrí la caja y examiné distraídamente los mapas. Eran muchos: toda una colección de lechos basálticos indistintos, como las capas de una torta de diez millas de alto. Pero cuando llegué al último, el paisaje miocénico prevolcánico, sentí que se me erizaban los cabellos.
  Yo mismo había trazado ese mapa. Era el país maravilloso de Helen. La topografía era punto por punto la misma.
  Cerré los puños y contuve el aliento. De pronto, lo entendí otra vez, y un escalofrío me recorrió la espalda.
  El juego era real. Yo no podía suspenderlo. Y desde el comienzo el juego había jugado conmigo. Y seguía jugando conmigo.
  Salí corriendo y bajé a la calle, y encontré al viejo Dave que marchaba con paso rápido hacia el establo. Llevaba a la cintura dos revólveres enfundados.
  Dave, tengo que encontrar a Helen —dije.
  Alguien la vio caminar hacia el desierto en la madrugada —dijo.
  Voy a buscar un caballo. —No aminoró el paso. —Conviene que usted vaya en seguida en esa maldita camioneta. Hijo, si no la encuentra antes que nosotros, mejor que no vuelva por aquí.


  Volví corriendo, subí al jeep y lo lancé entre los matorrales resecos. Me llevé varias piedras por delante, y no sé cómo no rompí algo.
  Sabía que amaba a Helen Price más que a mi vida, y también que la había empujado a la muerte.
  La vi a lo lejos, corriendo en zigzag. Traté de interceptarle el paso y grité, pero no me vio ni me oyó. Frené el jeep y bajé, y corrí tras ella y el mundo se ensombreció. Helen era lo único que yo podía ver, y no lograba alcanzarla.
  ¡Espérame, hermanita! —le grité—. ¡Te amo, Helen! ¡Espérame!
  Ella se detuvo y se agazapó, y yo casi la atropello. Me arrodillé y la abracé, y entonces algo se desplomó sobre nosotros.
  Dicen que en un terremoto, cuando el sentido de arriba y abajo vacila y se extravía, la gente siente un miedo que puede llevarla a la locura, si no consigue olvidar. Esto fue peor. Arriba y abajo, aquí y allí, ahora y después todo se precipitó como un único torrente. El viento atravesó la roca rugiendo bajo nuestros cuerpos, y el aire se condensó y nos aplastó. Sé que nos abrazamos y que estuvimos allí juntos mientras todo el resto desaparecía; y no supe nada más hasta que estuvimos de vuelta en el jeep, yo manejando de regreso al pueblo, a la misma velocidad que durante el viaje de ida.
  Luego, el mundo reapareció, bajo un sol ardiente. En el horizonte vi un grupo de jinetes. Iban hacia el sitio donde habían encontrado a Owen. El muchacho había recorrido un largo trecho, solo y herido y llevando una pesada carga.
  Subí a Helen a la oficina. Se sentó frente a su escritorio, la cabeza entre las manos, temblando de pies a cabeza. La tomé por los hombros.
  Helen, fue sólo una tormenta en nuestras mentes —dije, una y otra vez—. Algo muy oscuro salió de nosotros. El juego ha concluido y somos libres y te amo.
  Lo repetí muchas veces, por mi bien y por el suyo. Lo decía en serio, y lo creía. Le dije que era mi mujer, y que nos casaríamos y criaríamos a nuestros hijos a mil millas de ese desierto. Se tranquilizó un poco, pero no me habló. En seguida, oí un ruido de cascos y el crujido de unas botas de cuero en la calle, y luego unos pasos lentos en la escalera.
El viejo Dave estaba en el umbral. Los dos revólveres parecían tan naturales en él como las manos y los pies. Miró a Helen, inclinada sobre el escritorio, y después me miró, de pie junto a ella.
  Baje conmigo. Los muchachos quieren hablarle —dijo.
  Lo seguí al vestíbulo y me detuve.
  No le hice daño —dije—. Dave, el filón existe, pero nadie lo encontrará.
  Dígaselo a los muchachos.
  En pocos días más terminamos el proyecto —dije—. Me casaré con Helen, y la llevaré conmigo.
  ¡Baje, o lo bajamos! —dijo con voz áspera—. Helen volverá con su madre.
  Tuve miedo. No sabía qué hacer.
  No, no me mandarán con mi madre.
  Era Helen, y estaba a mi lado en el vestíbulo. Era la Helen del desierto, pero adulta y maravillosa. Se la veía pálida, hermosa, alerta, y segura de sí misma.
  Me iré con Duard ——dijo—. Nadie volverá a enviarme de aquí para allá, como un paquete.
  Dave, la amo —dije—. La cuidaré toda mi vida.
  Descansé el brazo izquierdo sobre los hombros de Helen, y ella se refugió en mi pecho. La tensión del viejo Dave se disipó, y sonrió. Tenía los ojos fijos en Helen.
  La pequeña Helen Price —dijo con aire meditativo—. ¿Quién lo hubiera pensado? —Extendió los brazos y nos sacudió dulcemente.— Dios los bendiga, jovencitos —dijo, y pestañeó—. Les diré a los muchachos que todo está bien.
  Se volvió y bajó lentamente la escalera. Helen y yo nos miramos, y me pareció que ella también vio una nueva cara.


  Eso fue hace dieciséis años. Ahora yo también soy profesor, y tengo canas en las sienes. Soy tan positivista y hombre de ciencia como el que más en toda la cuenca del Mississippi. Cuando le digo a un alumno del seminario: "Esa afirmación no es operativa", puedo lograr que la frase parezca absolutamente obscena. Los estudiantes se sonrojan y me odian. La ciencia es el único juego seguro, y eso sólo si se la conserva pura. Me esfuerzo todo lo posible, y aún tengo que conocer al estudiante a quien no pueda manejar.
  Mi hijo es otro asunto. Lo bautizamos Owen Lewis, y tiene los ojos, el cabello, y la piel de Helen. Aprendió a leer en esos libros infantiles de hoy, tan cuerdos y estériles. En casa no tenemos cuentos de hadas... pero sí una biblioteca científica. Y Owen saca cuentos de hadas de la ciencia. Ahora está midiendo el espacio y el tiempo, con la ayuda de Jeans y Eddington. Quizá no alcance a entender una décima parte de lo que lee, al menos tal como yo lo entiendo. Sin embargo, entiende todo, a su propio modo.
  Sabes, papá —me dijo no hace mucho—, no sólo el espacio se expande. También el tiempo, y por eso nos alejamos cada vez más de lo que éramos antes.
  Y tengo que decirle qué hice exactamente en la guerra. Sé que encontré la virilidad y una mujer. Cómo y por qué lo hice, creo y espero no ser capaz de entenderlo del todo. Pero gracias a Helen, Owen tiene ese corazón extrañamente curioso. Tengo miedo. Tengo miedo de que entienda.



No hay comentarios. :

Publicar un comentario