Tres poemas de Salvador Espriu


LA PIEL DE TORO

I

El toro, en la arena de Sepharad,
embiste la piel extendida
y, levantándola, la vuelve bandera.
Contra el viento, esta piel
de toro, del burel cubierto de sangre,
es ya harapo hinchado por el oro
del sol, librado para siempre al martirio
del tiempo, oración nuestra
y blasfemia nuestra.
A la vez víctima, verdugo,
odio, amor, lamento y risa,
bajo la huraña eternidad del cielo.

II

Eres piel de toro extendida,
vieja Sepharad.
El sol no puede secar,
piel de toro,
la sangre que hemos derramado,
la que derramaremos mañana,
piel de toro.
Si miro por encima del mar,
si lejos me pierdo en el canto,
si me adentro más allá del sueño,
siempre que me atrevo a mirar
mi corazón y su terror,
veo la extendida piel de toro,
vieja Sepharad.


PONTOS

En el fondo de los ojos tranquilos del mar
he visto el sueño
caído, roto, del templo
de un dios antiguo.
¡Ay, mármol frío del tiempo, mi vida
que pierdo contra las heladas palabras!
Arriba de la roca desnuda de la muerte
ya sólo puedo levantar la alta columna
de este dolor, un áspero, solitario
grito, sin canto,
sin recuerdo del canto, mientras se llevan
negras alas de ventisca la luz del día
por las cárceles del cielo y me reflejan,
invitándome a partir, más allá de un serenísimo
profundo camino, los ojos tranquilos del mar.

TIERRA NEGRA

Descansa del camino. Bajo el ojo dorado
el reino es infinito. En la llanura
de calma y soledad se adormece el viento.

Río arriba, entre muros de desierto,
viene la barca del dios. Mil estandartes
flamean en los palos, radiantes de sol.
Sacerdotes remeros cantan viejos himnos
al señor de la muerte, mientras hieren
el cieno las oleosas aguas.

Esta luz, la paz de este largo día,
son tuyas, caminante, si la amplia tierra
del trigo eterno te llama por tu nombre. 

(Versiones de Martí Soler)

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